En el corazón de la Nueva Clínica del Niño late una historia de dedicación y perseverancia, personificada en el Dr. Ricardo Emmerich, uno de los pilares fundamentales de la institución. Con más de cinco décadas de servicio, el Dr. no solo fue testigo de la evolución de la clínica, sino que se convirtió en un actor clave en su supervivencia y crecimiento a lo largo de los años.
Desde su fundación en 1962, la Nueva Clínica del Niño ha sido un referente en la salud pediátrica en Argentina. A lo largo de estos años, nuestra institución enfrentó numerosos desafíos y contó con el compromiso de médicos excepcionales que han dejado una huella imborrable en su historia.
Un compromiso inquebrantable con la Nueva Clínica del Niño
El Dr. Emmerich ingresó a la Nueva Clínica del Niño en 1970, cuando la institución ya se había consolidado como un centro de salud de referencia. “Hace 54 años que estoy acá”, comenta con orgullo. Su compromiso no solo se ve reflejado en su longeva trayectoria, sino también en los momentos críticos que vivió la clínica.
En la década de 1990, la clínica atravesó una de sus etapas más difíciles. “En 1995, entró en convocatoria de acreedores. Para el 2003, la situación era tan crítica que las iban a rematar. Pero, junto a otros médicos, logramos convencer al juez de que la Clínica del Niño era un patrimonio de la ciudad y no debía desaparecer”, recuerda el especialista. Gracias a su esfuerzo y el de sus colegas, nuestra institución pudo resurgir, y él asumió el rol de director entre 2006 y 2009.
Un médico siempre al servicio
El Dr. Emmerich es conocido no solo por su conocimiento médico, sino también por su dedicación inquebrantable a sus pacientes. “El mejor reconocimiento que puede recibir un médico es el agradecimiento de sus pacientes”, afirma. A lo largo de los años, atendió a varias generaciones de una misma familia, consolidando la confianza entre los padres y el médico que cuida de sus hijos. “Tengo dos abuelas, una de 53 y otra de 52, que atendí cuando eran niñas, y ahora atiendo a sus nietos”, comenta con una sonrisa.
Sin embargo, esta dedicación tuvo un alto costo. El Dr. Emmerich enfrentó el desgaste emocional y físico que conlleva la práctica médica, al punto de sufrir lo que él describe como el “Síndrome de Burnout” o “Cabeza quemada”. “El estrés fue tan grande que tuve un síncope, me desmayé en el consultorio. Me llevaron a la Fundación Favaloro y ahí me diagnosticaron”, relata.
A pesar de estos desafíos, el Dr. Emmerich sigue en actividad, consciente de que su vocación es lo que lo mantiene en pie: “Sigo atendiendo porque me hace feliz. Sé que el día que deje de hacerlo, se me va a complicar emocionalmente”.
Los cambios en las nuevas generaciones de médicos
A lo largo de su carrera, el Dr. Emmerich fue testigo de cómo la medicina y las generaciones de médicos evolucionaron. Su perspectiva, moldeada por años de experiencia, le permitió identificar las diferencias entre las generaciones pasadas y las actuales. “Las generaciones anteriores de médicos estaban más enfocadas en el contacto humano y en la relación con el paciente. La medicina era más artesanal, si se quiere, y se basaba mucho en la observación clínica”, explica.
Sin embargo, también reconoce el valor de las nuevas generaciones, que llegan con un enfoque más técnico y avanzado. “Hoy en día, los médicos jóvenes tienen acceso a tecnología y conocimientos que nosotros no teníamos. Son más rápidos para adaptarse a los cambios y están mejor preparados en cuanto a la utilización de herramientas diagnósticas modernas”, comenta.
Para el Dr. Emmerich, lo ideal es que ambas generaciones se complementen, combinando la sabiduría y la experiencia de los mayores con la innovación y el dinamismo de los jóvenes. “Mi deseo es que los nuevos médicos mantengan esa sensibilidad humana y aprendan de la experiencia de quienes llevamos años en la profesión. De esta manera, podrán ofrecer un cuidado integral y de calidad a sus pacientes”, concluye.